Ilumina tu sombra

Todos tenemos zonas oscuras que rechazamos y ocultamos a los demás porque nos avergonzamos de ellas y pensamos que van a juzgarnos o dejarán de querernos. Sin embargo, tu sombra forma parte de ti y tu yo no está completo sin ella.

Si tú no te aceptas en tu totalidad, rechazas un parte de ti. La aceptación no tiene nada que ver con la resignación. Solo aceptas que estás donde estás ahora, con tus defectos, y puedes elaborar un plan que te lleve a mejorar y ser la persona que deseas.

Quererte y valorarte implica aceptar tu sombra. Si te rechazas no puedes efectuar cambios positivos en tu vida porque te dominará un sentimiento de culpa paralizante y destructivo.

Con mucha frecuencia ni siquiera somos conscientes de nuestra sombra. Llevamos tanto tiempo mirando para otro lado que ni siquiera sabemos qué rechazamos de nosotros mismos. Es entonces cuando las personas que nos rodean nos dan mucha información sobre cómo y quiénes somos. Carl Gustav Jung decía: “Todo lo que nos irrita de otros nos lleva a un entendimiento de nosotros mismos”.

Si ves algo en otro que te saca de tus casillas, eso también está dentro de ti. De lo contrario, no te revolvería tanto por dentro. Simplemente, te daría igual. Una manera muy efectiva de averiguar tu sombra, por tanto, es observar que te irrita de los demás y luego hacerte la siguiente pregunta: ¿qué información sobre mí me está dando esta persona en este momento?

Cuando observes que algo te afecta o te indigna mucho, de manera que sientes un desgarro interior, tienes que detenerte a reflexionar para averiguar por qué te molesta tanto. Normalmente descubrirás una herida de la que no eres consciente…

Para curar tus heridas tienes que conocerlas, saber dónde están y qué es lo que las ha provocado. Tu sombra, normalmente, tiene que ver con ellas.

Heridas como el rechazo provocan, por ejemplo, un enorme miedo al juicio ajeno. Ese miedo hace que dejemos de ser nosotros mismos, aparentando ser lo que no somos, y nos impide actuar como queremos. Una vez sanada la herida, los juicios ajenos, tal vez, nos sigan haciendo daño, pero no nos afectarán igual. La sombra se ilumina.

“El poder de confiar en ti” de Curro Cañete .

Amanecer

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«¡Qué privilegio poder contemplar la salida del sol! Por eso, cada año, cuando vuelve la primavera, preparaos para estos momentos únicos.

Ninguna presencia en el mundo puede, como el sol, introducir en vosotros el orden y la armonía, daros la luz, el amor, la paz, el gozo. Es la fuente que brota, que vibra, que mana… Cuando logréis sumergiros en este flujo de luz, ya no podréis vivir sin él.

Y si llegáis muy pronto, antes de que el sol haya salido, para ver las primeras luces del alba, os sentís sobrecogidos por un sentimiento sagrado, como si hubieseis sido admitidos a asistir a los misterios que toda la naturaleza está celebrando. Hasta os sentís obligados a caminar de otra manera para no perturbar la atmósfera. Entráis en la verdadera poesía.

¿Cómo no desear que todos los humanos puedan un día sentir esta belleza, esta pureza, esta vida abundante, y beberla?».

Omraam Mikhaël Aïvanhov.

El sentido del humor

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El humor es una herramienta de gran eficacia porque promueve la tolerancia, el buen talante y produce grandes cantidades de energía positiva y renovadora.

Gracias al humor, muchas situaciones, aparentemente complicadas, pueden verse de otro modo, con otra perspectiva, con lo cual, pierden ese aspecto de terribles y adquieren una nueva apariencia, más jovial, tranquila y hasta divertida.

Es una forma de revelar lo tonto o absurdo de lo que consideramos serio. Se trata de una bella forma de enfrentar los avatares de la vida, sin temor, con poder, con confianza en nosotros mismos y sobre todo con un ánimo divertido y distendido. Platón afirmaba que una buena broma solía ayudar cuando la seriedad oponía resistencia.

¿Cuántas veces nos reímos al día? ¿Festejamos una buena broma? ¿Tomamos de manera cómica algunas cuestiones que pueden parecer complejas? Jamás hay que olvidar que el humor tiene el poder de sanar, de curar heridas, de hacernos sentir más despreocupados y livianos.

La risa aparece como un lazo que une personas, acorta distancias, lima asperezas y afloja tensiones. Sonreír y encontrar humor donde muchas veces no lo hay, promueve la amistad y la concordia.

Todos los días, sin excepción, debemos hallar un motivo para reír y brindar sonrisas. Un día sin haber vivido con alegría es un día perdido. La vida es para festejar, para divertirse, brindar, amar y ayudar, no para sufrir y estar amargados.

Brenda Barnaby.

“Si sabrá la primavera que la estamos esperando”

Para la hermana Lucía Carmen de la Trinidad, el coronavirus ha robado el color y la alegría que caracterizan a la primavera andaluza. Desde la ciudad de Málaga, durante un confinamiento impuesto por la pandemia global, dedicó un poema de esperanza.

Si sabrá la primavera
que la estamos esperando...

Si se atreverá a cruzar
nuestros pueblos despoblados,
colgando en nuestros balcones
la magia de sus geranios.
Si dejará su sonrisa
esculpida en nuestros campos,
pintando nuestros jardines
de verde, de rojo y blanco.

Si sabrá la primavera
que la estamos esperando...

Cuando llegue y no nos vea
ni en las calles ni en los barrios,
cuando no escuche en el parque
el paso de los ancianos,
o el bullicio siempre alegre
de los chiquillos jugando.
Si creerá que equivocó
la fecha del calendario,
la cita que desde siempre
la convoca el mes de marzo.

Si sabrá la primavera
que la estamos esperando.

Cuando estalle jubilosa
llenando de puntos blancos
los almendros, los ciruelos,
los jazmines, los naranjos,
y no vea que a la Virgen
la preparan para el Paso.
Que se ha guardado el incienso,
el trono, la cruz y el palio.
Y que Cristo, igual que todos,
está en su casa encerrado,
y no lo dejan salir
ni el Jueves ni el Viernes Santo...

¿Pensará la primavera
que tal vez se ha equivocado?

¿Escuchará los lamentos
de quien se quedó en el paro,
de quien trabaja a deshoras
por ayudar a su hermano,
de aquél que expone su vida
en silencio y olvidado?
¿Escuchará cada noche
los vítores, los aplausos
que regalamos con gozo
al personal sanitario?

¿Pensará la primavera
que tal vez se ha equivocado
y colgará sus colores
hasta la vuelta de un año?

Si sabrá la primavera
que la estamos esperando...

Que se nos prohíbe el beso,
que está prohibido el abrazo;
el corazón, sangre y fuego,
el corazón desangrado.

Si sabrá la Primavera
que ya la estamos soñando...
Asomados al balcón
de la Esperanza, esperamos
como nunca, que ella vuelva
y nos regale el milagro
de ver florecer la vida
que hoy se nos va de las manos...

¡Bienvenida, Primavera!
Hueles a incienso y a ramos,
con tu traje de colores
y los cantos de tus pájaros.
Ven a pintar de azul-cielo
esta tierra que habitamos.

¿No sentís que en este mundo
algo nuevo está brotando?
Si será la Primavera
que está apresurando el paso...

Lucía Carmen de la Trinidad.
Carmelita descalza.

“Mañana es la única utopía” de José Saramago

«Frecuentemente me preguntan que cuántos años tengo…

¡Qué importa eso!

Tengo la edad que quiero y siento.

La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso.

Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso o lo desconocido.

Tengo la experiencia de los años vividos y la fuerza de la convicción de mis deseos.

¡Qué importa cuántos años tengo!

No quiero pensar en ello.

Unos dicen que ya soy viejo y otros que estoy en el apogeo.

Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice, sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte.

Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso, para hacer lo que quiero, para reconocer yerros viejos, rectificar caminos y atesorar éxitos.

Ahora no tienen por qué decir: eres muy joven, no lo lograrás.

Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma pero con el interés de seguir creciendo.

Tengo los años en que los sueños se empiezan a acariciar con los dedos y las ilusiones se convierten en esperanza.

Tengo los años en que el amor,  a veces es una loca llamarada ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada y otras,  en un remanso de paz como el atardecer en la playa.

¿Qué cuántos años tengo?

No necesito con un número marcar, pues mis anhelos alcanzados, mis triunfos obtenidos, las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones rotas… valen mucho más que eso.

¡Qué importa si cumplo veinte, cuarenta o sesenta!

Lo que importa es la edad que siento.

Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos. Para seguir sin temor por el sendero, pues llevo conmigo la experiencia adquirida y la fuerza de mis anhelos.

¿Qué cuantos años tengo?

¡Eso a quién le importa!

Tengo los años necesarios para perder el miedo y hacer lo que quiero y siento».

La verdadera amabilidad

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¿Cómo reconocer cuándo la amabilidad de alguien es cortesía postiza y cuándo actúa de todo corazón?

Solo tenemos que observar cómo trata a los demás: a su familia, a sus compañeros de trabajo, también a personas anónimas como el taquillero del metro o el estudiante que solicita hacer una encuesta. Si se comporta con amabilidad con todos por igual es señal que estamos ante una persona naturalmente amable. Si se dan, en cambio, grandes diferencias, existen razones para dudar, pues la verdadera amabilidad no conoce privilegios.

Algunas veces, intentamos hacer algo por los demás y recibimos una respuesta airada, o incluso interpretan que buscamos sacar algún beneficio. Ante este tipo de situaciones, solo queda pensar que cada persona se halla en un grado diferente de evolución espiritual y da solo aquello de lo que es capaz.

En cualquier caso, la persona genuinamente amable no espera nada a cambio, ni se ofende por o haber obtenido reconocimiento o un trato equivalente.

La amabilidad no es un comercio del tipo “yo te doy esto, tú me das aquello”. La transacción emocional termina en uno mismo, porque tiene en el acto amable su propia recompensa.

“365 ideas para cambiar tu vida” de Francesc Miralles.

Es una barbaridad decir siempre todo lo que pensamos

Expresar “todo” lo que pensamos es uno de los hábitos que más nos cuesta corregir cuando lo tenemos arraigado en nuestra forma de ser.

Cuando tenemos asimilado que decir todo lo que pensamos va unido a conceptos como sinceridad, nobleza, honestidad, transparencia…, cuesta entender y asumir que esa premisa no responde a la realidad.

¡Cuidado! no estamos diciendo que hay que ser hipócritas y falsos. No. Decimos que hay que actuar racionalmente y utilizar la inteligencia emocional.

¿Cuántas veces hemos visto cómo algunas personas han sufrido ante los comentarios “sin barrera” de otras personas? En muchas ocasiones estas expresiones, lejos de ser un ejemplo de sinceridad, simplemente son una demostración de insensibilidad y hasta de crueldad.

Hace poco presencié cómo una persona había hundido a otra con un comentario que, según la que lo había realizado estaba lleno de sinceridad y buena intención. La aludida, la verdad, estaba ya muy “justita” de fuerzas cuando escuchó y recibió esa “ráfaga mortal” que le había dirigido la interlocutora que se consideraba en posesión de la verdad y que debía pensar que su obligación era “abrir los ojos” a los idiotas que no sabían ver más allá de sus narices.

Desde el punto de vista psicológico este proceder es erróneo y grave.

—¡Yo no puedo dejar de decir lo que pienso! suelen decir este tipo de personas.

Bien, pues no vendría mal que empezaran a entrenarse porque los demás no tienen culpa de ese hábito que tienen tan arraigado y que a esas personas les hará sentirse muy bien, porque creen que eso es lo que deben hacer, pero ese bienestar suyo va en consonancia con el sufrimiento que provocan en el otro y no parece justo machacar a los que les rodean.

Resulta difícil quitar este hábito pero se puede conseguir si previamente estamos convencidos de que decir siempre lo que pensamos es una barbaridad.

¿Hay que mentir entonces? ¿tenemos que ser cínicos e hipócritas? No.

Hemos de ser sensibles y humanos y se puede conseguir sin herir y sin expresar inútilmente lo que pensamos ¿o…es que creemos que la humanidad se parará si no escuchan nuestros sabios pensamientos? ¿sólo nosotros estamos en posesión de la verdad? y aunque así fuera ¿en nombre de esa supuesta verdad se justifica el sufrimiento inútil del ser humano?

Podríamos empezar a cambiar ese concepto de “expresar todo lo que pensamos” por “hagamos todo lo que podamos” para que nosotros/as y las personas que nos rodean nos encontremos en la mejor de las disposiciones y podamos salvar los obstáculos que se nos presenten en el camino de nuestras vidas.

 “La inutilidad del sufrimiento” de Mª Jesús Álava.

Aprender a decir “no”

En todos los ambientes se establecen límites, normas, que debemos obedecer y respetar. Los límites son una frontera, una línea invisible que nos permite marcar la diferencia entre quiénes somos nosotros y quién es el otro. Fijar límites es una de las características de las personas emocionalmente sanas y son un signo de salud emocional y espiritual.

La gente cada vez se entromete más, se inmiscuye en la vida de los otros porque, como no tiene límites, tampoco respeta los de los demás.

La ausencia de límites es la razón por la que existe tanto abuso hacia el otro: intolerancia, falta de respeto, atropello, ira, arrebatos, maltratos… Nuestra sociedad no respeta los límites, ya sean físicos, emocionales, de jerarquía o impuestos de manera externa. La gente no tolera ningún límite y esta es la razón por la que cada vez se van formando más personas con características psicopáticas.

Necesitamos aprender a poner límites, pero, para poder poner límites al otro, primero debo establecerlos a mí mismo. Saber qué voy a permitir y qué no voy a aceptar.

Una de las tareas más importantes que necesitamos llevar a cabo para que el otro no invada nuestros límites es desarrollar la capacidad de decir “no”. Existen personas que no están habituadas a hacerlo. Consideran que, si dicen que no a algo, a una petición, a un reclamo o a un favor, perderán el afecto y el reconocimiento del otro. El hecho es que, al no poder expresar que no queremos o no podemos involucrarnos en esa demanda, podemos ser presa fáciles de los manipuladores. Alguien que no puede decir que no, es candidato a las actitudes abusivas del otro.

Es imposible quedar bien con todo el mundo siempre y en toda situación. Un “no” que le decimos a alguien (“no sé”, “no puedo”, “no tengo”) nos permite ponerle un límite a la omnipotencia. Todos somos capaces de hacer ciertas cosas y otras, no. Nadie lo puede todo. Poner límites a través de un “no” no solo va dirigido al otro, sino además a uno mismo. Quienes no se animan a decirles que no a los demás suelen esconder temor al enfado o el rechazo ajeno. Decir siempre que sí y estar disponibles las veinticuatro horas nos convierte en posibles objetos de atropello o despotismo.

Para lograr un equilibrio emocional, necesitamos combinar nuestros “sí” con algunos “no”. Tenemos derecho a decir “sí” y a decir “no”. Lo primero que tienes que recordar es que el otro tiene derecho a pedir, claro que sí, pero tú tienes derecho a decir “no”.

“Soluciones prácticas” de Bernardo Stamateas.