Sarah Brightman – Hijo de la Luna

Tonto el que no entienda.
Cuenta una leyenda que una hembra gitana
conjuró a la luna hasta el amanecer.
Llorando pedía al llegar el día desposar un calé.
“Tendrás a tu hombre, piel morena,
-desde el cielo habló la luna llena-
pero a cambio quiero el hijo primero
que le engendres a él.
Que quien a su hijo inmola para no estar sola,
poco le iba a querer”.

Luna, quieres ser madre,
y no encuentras querer
que te haga mujer.
Dime, luna de plata,
¿qué pretendes hacer
con un niño de piel,
hijo de la luna?

De padre canela, nació un niño,
blanco como el lomo de un armiño,
con los ojos grises en vez de aceituna,
niño albino de la luna.
“¡Maldita su estampa, este hijo es de un payo
y yo no me lo callo!”

El gitano al creerse deshonrado,
se fue a su mujer, cuchillo en mano:
“¿De quién es el hijo?
me has engañao fijo”, y de muerte la hirió.
Luego se hizo al monte con el niño en brazos
y allí le abandonó.

Y en las noches que haya luna llena
será porque el niño esté de buenas,
y si el niño llora menguará la luna
para hacerle una cuna,
y si el niño llora menguará la luna
para hacerle una cuna.

Por siempre – Mario Benedetti

Si la esmeralda se opacara, si el oro perdiera su color, entonces, se acabaría nuestro amor.
Si el sol no calentara, si la luna no existiera, entonces, no tendría sentido vivir en esta tierra, como tampoco tendría sentido vivir sin mi vida, la mujer de mis sueños, la que me da la alegría…
Si el mundo no girara o el tiempo no existiese, entonces, jamás moriría, tampoco nuestro amor…
Pero el tiempo no es necesario, nuestro amor es eterno, no necesitamos del sol de la luna o los astros para seguir amándonos…
Si la vida fuera otra y la muerte llegase, entonces, te amaría hoy, mañana… por siempre… todavía.

Hauser – May It Be

“La felicidad es como una mariposa. Cuanto más la persigues, más huye. Pero si vuelves la atención hacia otras cosas, ella viene y suavemente se posa en tu hombro. La felicidad no es una posada en el camino, sino una forma de caminar por la vida” ― Viktor Frankl

El puente – Amalia Bautista


Si me dicen que estás al otro lado
de un puente, por extraño que parezca
que estés al otro lado y que me esperes,
yo cruzaré ese puente.
Dime cuál es el puente que separa
tu vida de la mía,
en qué hora negra, en qué ciudad lluviosa,
en qué mundo sin luz está ese puente,
y yo lo cruzaré.

Tiernamente amigos – Víctor Heredía

Éramos como quien dice tiernamente amigos,
dos pequeños vagabundos a lomo de río.
En nuestro pequeño bote de madera
íbamos pariendo luz de primavera.
A los trece, un niño no miente cariño
y les puedo asegurar
que no tuve nunca más
un amigo igual.

Nos juramos de por vida ser amigos fieles,
entre novias y poemas, risas y burdeles,
nunca separarnos, libertad o muerte,
siempre defendernos, sueño adolescente.
A los diecisiete, vida es utopía,
y les puedo asegurar
que no tuve nunca más
un amigo igual.

Desandamos tantas veces el camino andado.
Él perdió su fe y a veces nos telefoneamos.
Ya no tiene gracia nuestra verborragia.
Yo sigo montado sobre el mismo río,
él vendió sus sueños y acortó caminos,
mas les puedo asegurar
que no tuve nunca más
un amigo igual.

Él perdió lo suyo y yo también perdí lo mío,
algo nos cambió el perfume tierno del estío.
Entre bambalinas yo juego a estar vivo,
él cepilla un perro todos los domingos;
ya no creo que recuerde nuestro río,
mas les puedo asegurar
que no tuve nunca más
un amigo igual.

Aún recuerdo su sonrisa y siento que el destino
es como algunas botellas donde duerme el vino:
unas se conservan y otras se avinagran,
y aunque el tiempo mate ciertas bellas almas,
siempre guardo lo que fuera suyo y mío,
y les puedo asegurar
que no tuve nunca más
un amigo igual.

Se le apagó la luz

Y un día se te apagó la luz,
ese mismo día se apagaron todas mis estrellas,
envejecieron de golpe
las mariposas que adornaban cada tarde mi jardín
y mil veces escuché en susurros
llenos de las mejores intenciones
“la vida sigue”
y si, la vida siguió,
pero ni un millón de arco iris por venir,
podrán jamás remplazar los colores
que con tu luz tú matizabas.

Ricardo Walter Moreno 

Los años y los buenos recuerdos.

Puedo aceptar que los años me quiten agilidad, belleza, tolerancia o reflejos, que me hayan agregado algunos miedos y penas; puedo aceptar que me cueste aceptar algunos cambios. Puedo adaptarme a la compañía necesaria de los anteojos, la de algún dolor destemplado y de algunas manías.

En lo que no estoy dispuesto a transigir es con mis recuerdos. Con ellos, los buenos recuerdos, señores años, no se metan! No aceptaré mermas, distorsiones, u olvidos. En eso soy irreductible, como diría Oliverio. Los cuido a rajatabla, los mezquino, los recuento en la lata de mi memoria, como coloridas bolitas en mi niñez; en su soledad de pálidos reclusos, mimo especialmente a los condenados, por mi sentido del honor, a satisfacer solo el egoísmo de algunas de mis inexplicables sonrisas.

A veces alguno sale del rebaño y se me aparece en un susurro cuando menos lo espero, envuelto en un perfume, disfrazado en una silueta, una canción, o una frase. Ni bien lo reconozco le doy una caricia y lo mando a ubicarse en su lugar, si es que hay alguno, en ese orden de aparición arbitrario, anárquico y de extrañas jerarquías.

No son egoístas ni celosos, muy por el contrario, aplauden las nuevas incorporaciones y me instan a cosechar más y mejores. Saben que cada uno de los inolvidables recién llegados tiene algo de ellos en su génesis o en sus células, y los contagia de alegría, les da sentido y nuevas energías. No quiero que ninguno se vaya, ni uno solo, para que algún día, cuando ya no haya lugar para nuevas visitas, juguemos juntos hasta espantar las noches de insomnio.

Jorge Eduardo Cinto